jueves, 17 de diciembre de 2015

LA BATALLA DEL FACEL VEGA

Un viejo que suele merodear en el club de jubilados
con aspecto de soldado extranjero
me ha parado en la gasolinera
diciéndome que quería vender su Harley y comprar mi Facel Vega.
Luego ha añadido:
no dejo de pensar en el perro de los Gallimard
                                                                         y te ha guiñado un ojo.



Ya en marcha, en una carretera completamente recta, flanqueada por nogales,
te has desabrochado el cinturón de copiloto,
dando por hecho que voy a ser siempre tu chófer
                                                                         y tú mi amante,
Todavía me cuesta reconocerlo, pero la idea resulta fabulosa
y te he puesto la mano entre las ingles, bajo el vestido,
                            como en un cuento porno de Kima Kubelik.

Me has golpeado en la mano, jugando al principio, enfadada después
Porque, has dicho, algo corre entre los árboles, una sombra nos persigue.
He sacado mis dedos de su escondite y los he relamido
                                                                                        antes de parar en el arcén.
Entre los nogales de nuestro costado sólo se escuchaba el viento
y el Facel Vega al ralentí, en punto muerto, nadie nos persigue aún.
                                                                                       Nada de qué preocuparse.


En marcha otra vez, he descuidado los retrovisores y no he visto llegar la Harley.
Supongo que seguía en venta cuando se ha puesto a nuestra altura.
El viejo extranjero de la gasolinera ha tocado en el cristal,
he bajado la ventanilla y ha gritado sobre la furia de los caballos:
No dejo de pensar en el perro de los Gallimard
                                                     te ha guiñado un ojo
                                                                                     y nos ha rebasado.

lunes, 15 de junio de 2015

EL ADN DE LAS COSAS

Sueño con Dubai en bikini
y David Hasselhoff ya no me parece tan fofo.
Imagino Dubai en topless
y cómo Roma se convulsiona
bajo la arcada de D.
El peaje lo abonarán los cerdos
que matan y mueren en el oeste salvaje,
soldados de plástico explosivo y barrio
que gozan segando largas melenas.
Pienso si existe un Dios de Dubai de bikini y tanga
que se incruste entre las nalgas de los cowboys
y me viene la arcada de pasado mañana.

Sueño con  Tierra Santa,
squaws orinan salvajes sobre la espiral de los Cuadernos sagrados.
Mujeres que no responden a los gritos de David el almuecín,
que llama desesperado a sus vaqueros de plástico.
Entre los cactus,
de los culos encorsetados huyen ideas viscerales,
tripas remendadas, bikinis y tangas suicidas.
Mientras, en Jerusalén,
Hasselhoffs castrados se la juegan a las carreras,
en la playa, bajo las arcadas del almuecín que no comprende la espiral,
el adn de las cosas.

Las pieles rojas siguen cabalgando.

viernes, 5 de junio de 2015

LA DILIGENCIA

Por una vez, a Ana Rid.

Calamidad se ha ido,
afiló sus lapiceros y cambió.
Me lo advirtió con un ladrido,
solloza ecos William Cody
en el centro de la pista.
Calamidad se ha marchado.

Llegó la diligencia,
abonó el billete y la secuestró,
ahora es su nave nodriza.
Calamidad se ha largado
y disemina en el espacio las virutas
del pueblo indio,
los monstruos, de saltimbanquis,
de forzudos y barbudas,
bestias del alambre.

No hay consuelo para el Búfalo,
ya no hay nadie que le quiera.
Calamidad se ha ido
para borrar la galaxia
a pintar nuevas estrellas.

lunes, 26 de enero de 2015

ESTOCOLMO NOIRE (EL SÍNDROME B. SPEARS).

Fui yo quien le rapó el pelo a Britney.
Le dije: chica, hey Britney,
hey Brit:
hazlo, hazlo, hazlo,
con ritmo, con rima, con flow, Britney.
Hazlo por Blancanieves, hazlo por Cenicienta.
Hazlo, Damn it!
O déjame hacerlo a mí –dije-,
déjame mostrarle al mundo tus orejas redobladas,
tu cráneo pelado –dije-,
tu locura desbocada, Britney.

Y ahora, ¿cuánto tiempo hemos dejado pasar, B?
Ahora me llamas desde Suecia:
hey, Xab -dices- hey chico,
hey Xab, te absuelvo de tus pecados.
Estoy de tu lado, cargo nuestra caja noire.
Soy Blancanieves y Cenicienta desde Estolmo
y desde el centro del síndrome yo te perdono.
Te absuelvo flaco cabrón:
tout est pardonné.
También tu pinta de paparazzi yihaddista,
no necesito raparte esa barba de rata.

Britney, hey Britney, hey Brit,
No seas tan dura Brit –respondo-,
no seas cruel.
Hazla desaparecer Britney,
deshazte de nuestra caja negra, Blancanieves.
Si tout est pardonné
arrójala al váter, Brit, lánzala
y tira de la cadena.
Que navegue hasta las aguas del Malaren,
No necesitamos conservarla,
que se hunda
con Arquímedes y sin principios.

Hazlo ya Britney
y termina de escribir tu novela sueca.

viernes, 7 de noviembre de 2014

DETROIT



Detroit se había esfumado, al fin, en mi cabeza.
Mi decisión fue que no más Motown, Pistons u otras ruinas,
las dejo todas para los hombres de azúcar,
rebosantes en su diabetes.
Nuñowski llegó con su erotismo maldito,
Conduciendo un Mustang de líneas finas sin capota,
sintaxis precisa
y dos mujeres sin cinturón de seguridad,
una adelante y otra atrás,
de color miel encendido.
En sus ojos de fumador de regaliz
aprecié el entusiasmo de los malditos por la literatura.
Vengo desde las ruinas a besarte
traigo el entusiasmo de la lengua inabarcable, me dijo.
Y entendí a Nuñowski como un mensajero,
el cartero de la muerte.
Tu material es como un neón que se funde,
funciona, sólo a parpadeos morados
y verdes, poco intensos.
Nuñowski, y su ego cabrón, en un Mustang de líneas finas,
embraga, acelera y se larga sin capota.
Tras de sí revolotean cuartillas de relatos,
Detroit: he vuelto a casa.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Epistolar II



Querido Hernán:

Sí. La excedencia cabalga a todo tren y yo, aunque ya he sacado las botas de la peor zona de la ciénaga, no estoy avanzando todo lo rápido que quisiera, pero he tenido tiempo de revisitar Diamond Flash.

Portugal no fue un fracaso rotundo. Alfontes es un buen sitio para septembrear y sí: encontré información. Los chicos del Templo ya deben estar de vuelta en los Estates, pero he descubierto que si bien G era texano, A era europeo, español probablemente. Sí, probablemente, Shirley –la camarera del Coopers- lleva cinco años viviendo en el Algarve, pero su portugués no pasa de obrigado y dice que no acaba de entender a ningún no inglés hablar en su lengua. Todos le suenan españoles, será porque vivió una temporada en Mallorca.

Los chicos durmieron en su pensión unas cuantas semanas antes de que iniciasen la persecución de los Escaleno. Fueron buenos clientes, silenciosos y aseados, pero demasiado proselitistas, especialmente A, que sufrió un par de altercados desagradables.

En Quarteira hay una sede bastante importante del Templo y ellos utilizaban Alfontes como base para sus desplazamientos en sidecar. Un cacharro maravilloso de la época de los Claveles que compraron de segunda mano a un militar retirado en Lisboa y con el que hicieron todos los kilómetros en busca de los Escaleno. Pude verlo en el garaje de Shirley como muestra de agradecimiento, si bien ella lo tiene cubierto por un plástico y espera a un coleccionista para quitárselo de encima.

Sí, Alicante sigue pendiente y Bobby sigue perdido.

Saludos de A.

PS: Doble Concha para Carlos Vermut, máster.

jueves, 24 de julio de 2014

Aproximando personajes y tramas (I)

Que Dios está ahí para lo que haga falta lo sabía George y lo sabía Anthony. Su relación de compañeros se había deteriorado desde que recibieran el encargo de recuperar para la causa al joven Escaleno y, lo peor, era ser conscientes de que su labor de apostolado también flaqueaba. Expiaban sus pecados y sus contradicciones en sesiones nocturnas individuales, expiaban de la hostia, zurrándose la badana y no necesitaban cilicios como los católicos del Opus Dei, ellos eran genuinamente austeros y les bastaba con sus cinturones de hebillas traídas directamente de los Estates. Todo empezó cuando Anthony le había dicho a George que en la siguiente puerta que tocasen quería que, si les abrían, el anfitrión pudiera escuchar de sus labios, joder, es que Dios, mi Dios, es la polla, con esas putas palabras. A George no le gustó. El concepto sí, claro, fuera el que fuese sabía que el organismo de Anthony rebosaba Dios a lo grande, pero esas no eran las formas que les habían enseñado para ejercer el Ministerio. Estaba seguro que la expresión, “mi Dios es la polla” no aparecía en ningún pasaje de las Escrituras. Y se empezó a preguntar qué había estado haciendo Anthony para utilizar aquel lenguaje del demonio y qué había estado haciendo él mismo, cuánto se había despistado, para que su mutua vigilancia hubiera fracasado tan estrepitosamente. Él era el veterano, Anthony el novel y si en la Central se enteraban de que sus apóstoles, los que habían ido a buscar al hijo pródigo, también se estaban descarriando, se iban a cabrear. Y lo que es aún peor, Dios se iba a mosquear de la hostia.
Esa mañana sacó la plancha de viaje en la habitación del hotel de carretera (la N-121 km 137) y estiró su camisa blanca. Anthony dormía aún en la cama de al lado. Le había escuchado fustigarse duro en el baño durante buena parte de la noche. Tal vez, pensó optimista, el bendito gafotas sólo ha sufrido un pequeño traspié. El dolor de sus propias heridas le recordó que decir que Dios era la polla no era un tropezón cualquiera y siguió afanándose con la camisa blanca ignorando que Anthony le observaba tumbado y lacerado y con una erección matutina, nada grave, sólo ganas de orinar aumentando. Qué lejos quedaban las chicas de la Orden, God damn it. Qué ganas tenía de encontrar al chico Escaleno y terminar con aquella búsqueda insoportable.
Desayunaron según sus votos te y pan duro. Para el camarero del hotel, como para la mayoría de los europeos, todos los estadounidenses eran yankees. Las sutilezas de la sociología americana se les escapaban y lo único que podía ver delante de sus narices era a dos hermanos mormones, fuera cual fuese su secta evangélica, con aspecto de haber sido rechazados del casting de la Revolución de los Novatos por su autenticidad extrema. Los dos rubios,  uno peinado con la raya a la izquierda, el otro a la derecha. Los dos con traje gris marengo, pantalón y americana, camisa blanca y corbata de las de dar ganas de apretar el nudo al máximo. Y zapatos negros, claro. El más alto, George, un gafotas de lentes remendadas con esparadrapo blanco. Qué hacían esos dos roedores de mendrugos viajando en sidecar era un misterio. Por la noche habían intentado colocar un par de panfletos de la Iglesia del Templo a la que pertenecían en el cristal de la puerta del hotel. Además, las chicas de la limpieza le habían comentado que en todas las habitaciones que habían ido limpiando esa mañana había aparecido al menos uno, el mismo que le tendía ahora el gafotas con una su sonrisa de párteme la boca y te ofreceré la otra mejilla.
Un dibujo de Jesucristo en pose de Tío Sam te necesita y la consigna: He wants you!  He needs you! Join us.(subtitulada la traducción: ¡Él te quiere!, ¡Él te necesita! Únete). Después: cinco puntos fundamentales que, una vez leídos y analizados, harían que la parte de tu corazón que te une a Dios, porque lo hace genuinamente, harían que des el paso hacia tu conversión.
Un vendedor ambulante de aspecto mahometano entró en la cafetería e hizo que el que le ofrecía el panfleto al camarero cambiará de objetivo. Estaba de paso y necesitaba un refrigerio. Anthony se acercó a él cuando terminó el té y le ofreció un panfleto. El hombre, tunecino o marroquí, aventuró el camarero, tomó el papel y lo leyó. El vendedor le dijo que Jesucristo era un buen Profeta, un Profeta excelente, excelso incluso, pero que eso de que era hijo de Alá era inaceptable. Una blasfemia que les costaría, a ellos dos y a toda la cristiandad en su conjunto, pasar la eternidad al calor del infierno. Y le devolvió el panfleto. Anthony no se inmutó y sonriendo rehusó recogerlo. El musulmán murmuró una retahíla en árabe e hizo un gurruño con la palabra de Cristo. El camarero miraba la escena y en el momento en que iba a pedir a los dos hombres que airearan sus diferencias teológicas fuera de su local, intervino George.
- Lamentablemente está usted equivocado -dijo el predicador de las gafas con un marcado acento texano-. Las Sagradas Escrituras demuestran a todos los niveles que Jesús era el Hijo de Dios.
- El Corán no dice nada de eso -el acento magrebí del vendedor era suave y contrastaba con el fuerte acento sureño de los templistas.
- Tampoco dice que Nuestro Señor fuera crucificado y convendrá conmigo en que eso es un error mayúsculo.
- El Corán no se equivoca, americanito.
- Querido amigo -Anthony volvió a la carga- no sé cómo decirlo sin ofenderte, no sé qué será el Corán, pero mi Dios, mi Dios es la polla.
Los tres hombres se enzarzaron en una discusión a todo volumen en la que distintas proclamaciones apocalípticas entremezclaron la Gloria Eterna y la Condenación Absoluta, una auténtico dispendio de la eternidad en donde los dedos índices amenazantes se levantaron con una frecuencia pasmosa por ambos bandos.
Ahí fue cuando el camarero, evitando que la enésima Cruzada empezase en su cafetería, invitó a los tres caballeros a discutir fuera. Esa diáspora unió por un momento a los tres hombres frente a su nuevo y herético adversario y, después de un rato despotricando contra la secularización de la sociedad europea, George y Anthony se despidieron de su nuevo y absolutamente equivocado amigo suní y subieron al sidecar.