Mostrando entradas con la etiqueta relato breve. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relato breve. Mostrar todas las entradas

domingo, 1 de mayo de 2016

UN TRUCO DE MAGIA

Mi padre nunca fue un hombre religioso y cuando supo de su enfermedad me hizo prometer que tendría un funeral civil. No me he derrumbado hasta los discursos de despedida. Su mejor amigo ha recordado cómo, siendo yo niño, el director de orquesta fingía robarme la nariz con la misma precisión que dirigía sus filarmónicas. Incrédulo, no entendía que mi nariz estuviera entre sus dedos, hasta que él me la devolvía y volvía a respirar tranquilo. Juro haber prometido no sentirme culpable por no cuidarle mejor, pero no he podido evitar venirme abajo.

Su mal fue uno de esos que te devoran la mente y dejan el cuerpo intacto, lo que, para un director de orquesta, es la peor de las condenas. Cuando ya no era capaz de razonar solía ponerle el Allegro del Otoño de Vivaldi. Los ojos castaños, que se perdían en las paredes de la habitación, retomaban algo de fuerza al llegar al Adagio. Los mismos dedos que habían hecho magia al quitarme la nariz siendo un crío, los mismos que habían dirigido a los mejores en Viena, Amsterdam o Dresde, se alzaban sobre el reposabrazos de la butaca o sobre las barreras de la cama y parecía guiar los instrumentos hasta el Invierno.

Nadie ha recordado los últimos meses cuando ni Bach, ni Mozart ni Beethoven eran capaces de domar la sinrazón que le carcomía, hasta convertirle en un ser cruel e irreconocible. La dosis de fármacos aumentó y consiguió domesticarlo un tiempo, prolongando nuestra agonía hasta que se hizo insoportable. Las palabras de consuelo y de agradecimiento por mis desvelos han resonado, tal vez de forma injusta, huecas, como un formulario, un mero trámite. Al menos han servido para recomponerme y poder despedir a todos los asistentes con serena dignidad.

Ayer, el médico de la ambulancia me miró compasivo mientras certificaba su muerte. En ese instante también recordé el día en que me enseñó el truco de la nariz y descubrí el engaño. Sé que hubiera querido que siguiera sus pasos entre las partituras. De nada me sirvieron sus consejos para conseguir que la batuta se transforme en una varita con la que hacer magia instrumental. Es más sencillo robar la nariz a un niño o a un anciano. La última vez que lo hice todavía respiraba.

lunes, 28 de diciembre de 2015

LA FOTO DE UEHARA

Puedo decir sin rubor que aprendí lo que es el cine en el bar de Julia Reis. El asiático especialmente. El garito lo había heredado de su padre, que lo había heredado de su padre. Y lo aborrecía. Detestaba la rutina de servir copas y echar borrachos  de copa y puro a la calle. Si escuchabas con atención podías oírla, tan morena, asegurar que cuando pudiera se iba a retirar en una autocaravana para vivir en las afueras de Módena. Tal vez para compensar esa fantasía, todos los miércoles a la noche celebraba sesiones clandestinas de cine en el bajo de su local. Para cualquier no iniciado la única pista que podía delatar la cinefilia de Julia era una foto de Misa Uehara, la actriz de ‘La fortaleza escondida’ de Kurosawa.

De los veinte a los veintitrés acudí puntual a esa cita semanal a las que solo algunos privilegiados teníamos acceso. A mí me introdujo Simone, al que metió Sanz que había sido enchufado por José Mateos que, decían, había intentado ser amante de Julia pero no conseguido. Yo también fantaseaba con acostarme con Julia, pero si solo me hubiera regalado la foto de Uehara habría sido feliz.

Después de cumplir los veintitrés empecé a preparar una oposición y me alejé del bar y del cine oriental durante un par de años. Con el futuro asegurado, paseando un día con mi futura mujer por la calle del bar, comprobé que había cambiado de dueño y decoración. Julia ya no estaba y la foto de la actriz japonesa sentada en la posición de loto tampoco. Si trabajar para el Estado no había destruido lo que quedaba de mi adolescencia postergada, aquel cese de negocio lo hizo.

José Mateos apareció ayer en mi trabajo. Necesitaba unos papeles, sellos y firmas para ponerse al día con Hacienda. No lo veía desde los días de alcohol y cine. Quiso invitarme a un café, para ponernos al día. Me confirmó que nunca había estado con Julia, que nunca sabía cómo hablar con ella, siempre esperando un mejor momento. Y cómo se arrepentía. Pero Simone sí. La dejó embarazada, ella había perdido al bebé, tal vez por su edad –¿tan mayor era?- o quizás porque los padres católicos del italiano no veían con buenos ojos a la chica del bar de abajo. El hecho, según Mateos, es que al poco tiempo Julia había clausurado el chiringuito, se había comprado una autocaravana para largarse a Módena, quizás a perseguir su sueño o tal vez por joder un poco a la familia de Simone.


José no había sabido nada más desde la fiesta de cierre que organizó Julia para despedir las noches de cine. Allí, me confesó, estuvo tentado de comprarle la foto de Misa Uehara, también le encantaba. Me hubiera gustado asistir. Esta noche de miércoles todavía me pregunto si hubiera tenido el valor de pedírsela.

martes, 20 de mayo de 2014

LA REPRODUCCIÓN



La semana pasada compré para mi esposa por nuestro aniversario una reproducción de Cine de Nueva York de Edward Hopper. Yo no entiendo nada de arte –yo no entiendo nada de nada, eso es lo que mi mujer siempre dice- pero a ella le chifla el tal Hopper y en especial su cuadro Cine de Nueva York y, como no puedo regalarle el original porque estará en vaya usted a saber qué museo, hablé con nuestro vecino del tercero que es bien conocido por vivir de los pinceles y le pedí que hiciera una reproducción del cuadro en cuestión.

Yo, que como ya he dicho no tengo grandes conocimientos de arte –vamos que no sé nada de nada-, quedé bastante satisfecho con el resultado, por lo tanto aboné el precio que habíamos acordado y oculté el lienzo debajo de la cama, envuelto en plástico de burbujas y papel de estraza pero todavía sin enmarcar porque –dice mi mujer- que carezco de gusto de ningún tipo, así que prefiero que ella decida.

El caso es que sin tener ni idea de arte y sin saber quién era Edward Hopper, el cuadro –o al menos su reproducción- empezó a fascinarme desde el mismo momento en que lo vi terminado en el estudio del tercer piso. Había algo en la mujer de la mitad derecha del cuadro, en su melena rubia y pantalones azules apoyada en la pared del pasillo del cine, bajo la lamparita de tres brazos. Había algo, ¿pero qué? Lo cierto es que yo no sé nada de nada, pero apostaría a que su cita se retrasa –mucho, a decir verdad- y está pensando en marcharse de allí, subir las escalerillas que están detrás de la cortina roja.

No pude menos que hablar con mi vecino sobre el cuadro. Le pregunté qué sabía sobre la mujer rubia, hacia dónde iban las escaleras –a la calle o a un palco- y qué película estaban proyectando. Para mi sorpresa el pintor cambió de tema y me indicó que los gastos de la reproducción habían sido mayores de los estimados al principio y debía aumentar el precio de venta. Me sorprendió su cambio de criterio, pero debido a que no sé nada de nada, que el resultado final de la reproducción me resultaba muy satisfactorio y el incremento no era exagerado y me reconcomía el interés sobre la chica del cuadro, terminé por acceder.

Trabajo todas las mañanas en una oficina. Mi mujer, en cambio, trabaja a turnos como limpiadora en un hospital, así se costea los estudios de Bellas Artes. La semana pasada mi vecino me entregó la reproducción de Hopper, a mi mujer le tocaba turno de noche y yo le echaba a faltar en la cama. No tenemos hijos y las noches en las que estoy solo en casa es como si estuviera solo en el mundo entero, como si no hubiera nadie ahí esperando a que salga el sol para tomarse una cerveza en una charla animada conmigo, ni nada parecido. La tercera noche en que la reproducción reposaba bajo nuestra cama esperando nuestro aniversario yo me sentía así, fatalmente insomne y en una de esas soledades que te aprieta la garganta, te seca la nuez y te hace latir las sienes. Ya había pagado el sobrecoste del cuadro y un sentimiento, que entendí como legítima curiosidad, me hizo abrir el envoltorio de la reproducción. Lo hice con cuidado de que el adhesivo no rasgase el papel. Sin tener ni idea de arte, al dar la vuelta a la reproducción, no sé si por el dinero extra que me había costado o porqué, quise consolar a la mujer de la pintura. Tal vez acababa de entender que había perdido a su pareja para siempre, o que no podría tener hijos. No lo sé. Pero quise que a esas horas de la madrugada hubiera un cine abierto porque tal vez juntos hubiéramos podido terminar de ver la película.

sábado, 19 de abril de 2014

Mis alocadas aventuras con Bobby Fischer (II): Gámbito de Mora.

No es una buena idea, no es una buena idea, no es una buena idea y punto. Bobby Fischer se deshacía ante mis ojos. Ya no era más aquel viejo barbudo que apareció un día en mi casa. Está muerto y se aparece como le da la gana y ese día despertó como un niño de la edad de mi sobrino, ocho años. Un niño delgado y caprichoso al que, de buena gana, le hubiera cruzado la cara. Miraba el tablero con desgana, todavía yo no sabía si aquel Bobby sabía lo que sabía de ajedrez, aunque seguramente podría darme una paliza si se concentrara. Había descubierto la TDT y estaba enganchado a una reposición indeterminada de Hombres, Mujeres y Viceversa. Gámbito de Rafa Mora, la tronista ha de sacrificar a Rafa para ir a por el otro musculitos, dijo Bobby. Yo no sabía muy bien a cual de todos ellos mirar. ¿A quién te refieres? le pregunté esgrimiendo los bizcochos y el colacao, como un jugador novato que cree que el Pastor es el jaque mate de los listos. ¡A mí! ¡Al mismo Bobby Fischer que se convertirá en campeón mundial de ajedrez!, gritó. Bobby, chico, Bobby, eres un niño, ¿sabes? Ahora mismo deberías estar en el apartamento de tu madre, con tu hermana, tal vez jugando al parchís o a la oca, si es que jugabais a eso en Nueva York. Bobby me miró como si yo fuera Boris Spassky, pero no dijo nada más. Se encogió en su universo de escaques y pechos de silicona. El mundo ya no es más una tablero de ajedrez, el mundo es un programa de televisión de los cutres, donde las mujeres son carne sin procesar bajo el rito kosher y los adolescentes prodigios no se vuelven locos avanzando peones y cruzando alfiles, sino hormonándose el cerebro con testosterona de bote. ¿Y acaso podemos decir si este es un mundo peor que aquel?

jueves, 3 de abril de 2014

UNA HISTORIA DE PAPELERA


A la misma hora en que yo llegué al mundo un martes de febrero, Bon Scott moría en Londres. Tal vez no fuese la misma hora exactamente, no controlo los husos horarios, pero hablamos de la misma madrugada en la que mi madre no llegó al hospital. El Simca familiar se quedó tirado en un arcén y allí mi padre le ayudó entre mareos y náuseas. Scott se durmió borracho en el R5 de un amigo y no volvió a despertar, ahogado en su propia arcada. Puede que ocurriese un poco antes o un poco después de que la cinta High Way to Hell se enredase entre los cilindros de la radio del Simca marrón que mi padre hubiera querido jubilar antes de que naciese. Pero no pudo, entonces no se cambiaba de coche así como así. La casualidad hizo que, la noche en que Bon Scott murió, yo naciera entre sus agudos, mientras mi madre pedía a gritos que alguien apagase la música. He dicho la casualidad, pero a lo mejor prefieres pensar que todo está predestinado.También esta historia basura. Pero el hecho es que, mientras mi cabeza surgía entre las piernas de mi madre, el cassette de un Simca escupía serpentina marrón y las guitarras se silenciaron entre estertores. Mi padre me contó esta historia de papelera cuando me regaló el CD de Back in Black para que lo escuchase en el coche. Brian Johnson sustituyó a Scott, el Simca hace tiempo que es chatarra, no sé qué fue de la cinta y el CD terminó rayado.
Hoy, 19 de febrero, cumplo treinta y tres años y también es martes. Nadie supo qué fue del R5 de Scott, me gusta pensar que descansa en el mismo desguace que el Simca. Es de noche, tengo una botella en la mano y mi coche está en silencio.

martes, 4 de febrero de 2014

LOS JUEGOS DEL AHORCADO

Jonas me miraba desde el cadalso con la soga al cuello, esperando que mis gestos desvelaran la palabra. El verdugo había extraído la definición del bombo de latón de los Juegos del AhorcadoNuestro código secreto le había librado de la muerte en varias ocasiones, no tantas como decían por ahí los escritores de novelas baratas, pero sí las suficientes para haberlo convertido en leyenda. Antes de la legalización, Jonas se había forjado un nombre. Habían sido días de timbas de léxico en las bibliotecas y las escuelas de mala muerte. Allí se jugaban la vida los deletreadores, los locos de las enciclopedias y el vocabulario. El alcohol y las bibliotecarias de curvas apetitosas fueron los ingredientes añadidos a un cóctel explosivo. La criminalidad entre literatos llegó a tal punto que el Condado tuvo que tomar una decisión: prohibir las partidas particulares para implantar la pena de muerte por ahorcamiento. Ahora bien, los delincuentes podrían burlar a la parca si conseguían encontrar cinco palabras del bombo lleno con definiciones recortadas del Diccionario.

La última partida de Jonas había empezado de madrugada, entre cumulonimbos de verano. Un comienzo sencillo tuvo un encendido grito de desaprobación del público y como respuesta correcta uxoricidio. Alcancía, vestiglo y extricar fueron las respuestas correctas número dos, tres y cuatro. Todo parecía indicar que Jonas podría librar nuevamente la soga. El verdugo giró por quinta vez el bombo y leyó: Femenino: Ardid o artificio con que se saca a alguien lo que no está obligado a dar. Socaliña me vino de inmediato a la cabeza, incluso recordé la tarde en que había aprendido aquella palabra leyendo una novela, me había identificado de inmediato con el criado prepúber del hidalgo español que había hecho las américas sin fortuna, una suerte de lazarillo que no recibía más que palos y hambre por los servicios prestados a un cerdo sin alma. No recordé el autor, ni el título, pero sí que la historia estaba contada en primera persona por el niño ya anciano, la historia de una venganza fraguada despacio, a fuego lento, un Montecristo sin título, un Raskólnikov sin castigo.

Jonas se repasó los labios resecos tres veces, como siempre que el Diccionario le abandonaba a su suerte. Vio mi espalda cuando dejé la primera fila frente al cadalso de pino seco y al fin le decía adiós a tantos años de trabajo sucio, de entrega sin compensaciones. Le escuché gritar mi nombre. Cerré los ojos y sonreí, mientras la masa reunida en la plaza de aquel pueblo polvoriento pedía sangre al verdugo y la palabra que Jonas no encontraría. La trampilla se abrió y la gente festejó la caída de la última leyenda de nuestro idioma.

(Encontraréis Los Juegos del Ahorcado en el número 4 de Funzeen, dedicado al western, ilustrado por Angélica López de la Manzanara)

domingo, 29 de diciembre de 2013

CONVERSACIÓN


Estoy aquí, sentado con el Migue. Se supone que para eso están los colegas, ¿no? Estás mal. Indeciso. No sabes cómo afrontar tal o cual situación y le pides ayuda a un amigo. Para que te ayude. Y, joder, yo soy el campeón de los putos indecisos. Si hubiera una peña de indecisos, por lo menos me nombrarían tesorero.
¿Recuerdas ‘Mátrix’ –vaya, cómo no: ‘Mátrix’. La quintaesencia de la filosofía contemporánea.
Migue… ¿ves aquélla señora? –señalo con el dedo a una señora que se dirige al WC de la cafetería.
No me mandes a cagar todavía. Espera un segundo. Vale. Mátrix. Tú eres Neo, ¿me sigues? Estás sentado delante de un pedazo de negro, Morfeo, que te está ofreciendo dos posibilidades.
Hace tiempo que no eres mi camello -¿por qué sigo juntándome con este yonqui de medio pelo?
Presta atención. Pastilla roja o pastilla azul. Es tu maldito futuro el que tienes delante de ti. Y se trata de elegir.
¿Tripis? –de qué está hablando este tío.
Se me olvidaba que en el cole no te sentabas muy adelante en clase.
¿Gracias a quién? –estoy a punto de levantarme e irme.
¿Pero quién repitió tercero? –de levantarme, partirle la cara e irme, mejor dicho-. De eso se trata joder. ¿Qué prefieres? Saber qué es Mátrix o vivir una vida normalita siempre añorando el qué pudo ser y no fue –Hay que reconocer que, en ocasiones señaladas, sabe tocarte las pelotas.
A veces pienso -digo- que lo que tengo con Sara es pura fachada. Como en la canción aquélla ¿era de los Spinal Tap? -¡eso sí que era una banda!
Y no me malinterpretes, ¿eh? Que a mí Neo me parece un gilipollas. ¡La pastilla roja! Pudiendo vivir como le diese la gana entre nosotros el capullo elige ser un súper tío. La gabardina molaba, vale. Y seguirías siendo una pila duracell para los malos, vale –ya está, el desvarío. ¿Qué se puede esperar de un tío que vio treinta veces seguidas la trilogía?
¿Crees que debería que debería seguir con Sara entonces?
¿Con Sara? –bueno, he conseguido centrarlo-. Quizás Neo no era tan tonto después de todo –saca el córner y remata sobre mi propia portería.
Entonces ¿crees que me debería arriesgar con Marta?
¿Qué es mejor, un tripi o una raya? Eso depende de las personas. ¿Qué es lo que decía Nietzsche?: ‘Si tienes un porqué para vivir encontrarás casi siempre el cuándo’ –ni siquiera sabe hacer citas.
El cómo.
¿Cómo? –definitivamente me voy.
No era el cuándo, era el cómo. Gracias por todo tío, eres el puto amo.
¿Te vas?
Sí. Creo que la señora de antes me ha inspirado –y salgo por la puerta.
Y bueno. ¿Por qué pensé que quedar con el Migue era una buena idea? Tanta puta pastilla me ha revuelto el estómago. ¿Sabéis? Puede que no os hayáis enterado de nada. Pero yo he pillado por dónde iba el cabronazo. Se supone que se trata de tomar decisiones. Siempre sale con Mátrix y las putas píldoras cuando otros tienen que tomarlas. La idea es: ‘Haz lo que te salga, pero no me des más el coñazo’. El Ying y el yang. Blanco y negro. Vagina o escroto. Esa es la versión positiva. La versión negativa me la ahorro. Estaríamos hablando de ingreso en el psiquiátrico y, a fin de cuentas, un colega es un colega.
Y en lo que a mí respecta. Que le den por culo. ¿Quién dijo que elegir sea bueno? Cuando Sara y Marta se enteren de a qué estoy jugando ya me inventaré alguna excusa.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Mis alocadas aventuras con Bobby Fischer I: BOBBY SE APARECE.

Acostumbro a caminar en calzoncillos en mi piso de soltero, con las persianas levantadas y las cortinas descorridas, como un rey en el tablero desprotegido de alfiles y torres y la única compañía de un peón solitario. Me siento en la silla del ordenador, juego partidas rápidas al chess máster, nivel infrahumano. Y un día, ding dong ding, propaganda o algo peor. Voy hacia el hall dando por perdida la dama y ante la puerta, toc toc toc. La chorra se asoma por la abertura del calzoncillo, como un caballo frente a un ataque Fegatello, así que la hago retroceder y pom pom pom, puñetazos como panes en el descansillo. 

Abro y veo a un viejo con barba cana, alto y desgarbado, con perfume a cartón del Tío de la Bota y alitosis de garrafa, me suelta: ¿No me conoces?, con esas ropas de mendigo de cuarta, como una pieza de ajedrez de plástico quemada con mechero. Así, vestido de gala, le digo, pues no mucho. Bonitos gayumbos, responde creo que en ruso para después apartarme con la mano y entrar hasta la cocina. Abre el frigo y se busca un algo para beber frío, suda como un marrano. Soy Bobby Fischer, dispara. Imposible, respondo en inglés, vamos: Impossible, estás en mate desde 2008. A que mola, sigue Bob, lo vamos a dar todo, me comenta.

lunes, 24 de junio de 2013

SOUL BY SOUL


Improvisa Julia
en la calle Reis,
razón Ciudad P,
camina
dando                 quiebros,
                                                                    porque teme:
la están siguiendo.

                              Se detiene:
                              tras un hueco
                              (de la pared)
                              y aguarda
                              y mira.

Una sombra alargada desde el inicio de la curva, veinte metros, cincuenta, cien metros de sombra de mensajero sin carta, sin sellos, sin ondas en el aire viciado de los satélites. Se recorta en el agua pisoteada de los charcos una gorra de cartero sin sobre, pero con remite. Una silueta de abre cartas afilada como la melodía del alma de Keb' Mo.

I'll be your vigilante
If that’s what you need baby

                                                                                                     Las ceras de colores que ha comprado para su hija perforan la bolsa de plástico, la sujeta con fuerza al abandonar errante la seguridad de paredes húmedas en la calle Reis.
De nuevo vagabunda,
cae un color y rompe un charco de amarillo
vuelve para atrás,
pero el filo de la sombra sigue y salta,                                 Julia olvida el color y su hija para quebrar el
                ta-
cón
                    de su zapato izquierdo;
                                                  no se detiene
                                                                    y co-
                                                                          gea.
Lo
inten-
                                                                                       ta.

I'm on your side.

El abre cartas de acero a la altura de la clavícula.

I'm on your side.

Keb'Mo miente y con el estribillo se desprenden
músculo
hueso.
Sangre,
pigmento.

lunes, 20 de mayo de 2013

NO PASA NADA


- Hace frío en esta casa –dijo ella.
- Sí. Debemos tener alguna fuga –le contestó su marido.
- Gabriel, no sé para qué hemos instalado la calefacción si ahora resulta que perdemos calor –corrientes heladas atravesaban el pasillo y las habitaciones que parecían surgir espontáneas, de cualquier parte.
- No importa, nos dijeron que podía suceder. Las casas viejas son así, ya sabes que hay grietas. Sólo tenemos que encontrarlas y sellarlas, para el año que viene ya lo habremos solucionado. No pasa nada.
- ¿No habremos tirado el dinero? –preguntó ella.
- No mujer, es normal. Voy a subir el termostato –Gabriel giró la rueda de plástico que marcaba la temperatura ideal, la giró hasta la marca aproximada de los 25 grados.
- ¿Tomamos un café o vamos al cine?
- ¿Salir? ¿Has visto cómo está nevando? Hace un frío espantoso ahí fuera, ¿No prefieres ver una peli aquí?
- No. Pero da lo mismo, debería ponerme a escribir –ella hizo una pausa y miró por la ventana. Había niños fuera arrojándose bolazos de nieve. Un coche del ayuntamiento con una pala adosada en el parachoques delantero se afanaba en descubrir el asfalto. Ella sonrió-. Por un momento he querido ir a hacer un muñeco de nieve al parque, como cuando teníamos quince años –dijo y ahora sí le recorrió la espalda un escalofrío.
- ¿Un muñeco de nieve? –él sintió que la sangre se le concentraba bajo el pantalón de pana.
- Sí, pero ha sido sólo un momento. Ya te digo que no pasa nada.
- ¿De qué va tu libro? –la costura del pantalón recuperó rápidamente su languidez habitual y también los recuerdos que habían amagado revelarse. Gabriel dejó el termostato en 21, no quería desperdiciar energía inútilmente, se acercó a la ventana y ella se movió hacia el cuarto que utilizaba como estudio. A medio camino giró, él estaba de espaldas mirando por la ventana viendo a los chavales jugar bajo la nieve, como ella hacía un instante.
- El protagonista es un profesor universitario que ha invertido demasiado tiempo investigando y ha perdido el contacto con la gente –ella se sentó frente al ordenador y se cubrió las piernas con una manta.
- ¿Es químico? –preguntó Gabriel y una ventisca repentina hizo que los críos detuvieran su batalla de bolas, los copos se arremolinaban y se confundían con la nieve que ya había cuajado y que el propio viento levantaba del suelo. Los niños se desperdigaron, cada uno a su casa, seguramente. Una alfombra blanca había vuelto a cubrir el rastro negro del quitanieves.
- ¿El profesor? – intentó aclarar ella para pasar a cubrirse las manos con mitones-. No, sociólogo. ¿Quieres leerlo?
Parecía que se estaba haciendo de noche y era la una del mediodía de un domingo. Gabriel creyó ver luz a través de una rendija de la pared, un hilo de luz gris que venía de la calle. Se acercó hasta el tabique y se acuclilló, pasó el dedo por la grieta, se incorporó y fue a por una bata. La sellaré mañana, pensó sin ninguna intención de leer el texto.

miércoles, 1 de mayo de 2013

NO LEAS LA PÁGINA 99


“No leas la página 99”. Me he encontrado tu mensaje en un post it amarillo chillón pegado en la página 97 de la novela gráfica Trauma Accidental de John Adams. La letra en boli azul seco es tuya, exmujer. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que la escribiste, hace nueve meses y medio que te largaste de casa. Podrías al menos haber gastado un poco de aliento con el boli.
Mi primera reacción ha sido cerrar el libro. No he podido soportar ver esos dos nueves redondillos. Insististe en que leyera a Adams, un escritor que no es sublime, ni demasiado vulgar, un dibujante que no destacaría entre dos millones. Sus cómics son como una película de sobremesa de Antena 3, ni de las mejores ni de las peores.
Devoré a Adams, fagoticé sus palabras, me desgaste la retina en sus dibujos, llegué a amar a sus personajes oprobiosos, sus tramas mal copiadas y reinventadas de autores mejores que él. Lo hice por ti.  Ahora, revelada en una nota mal escrita a boli ¿quieres prohibirme leer una de sus inanes páginas?
He deseado llamarte y decir que se acabó. Que ya no puedes sermonearme, ni decir qué puedo o qué no puedo hacer. Por el contrario he tomado la página 99 y claro, también la 100 y las he rasgado de la edición de pasta blanda del Trauma accidental perpetrado por John Adams haciéndolas pedazos.
Al instante me he arrepentido. He rebuscado por todos los cajones celo para reconstruirlas y poder leer al menos la número100. He revisado el cajón dónde solías guardarlo, pero no estaba allí porque cuando te marchaste cambié el orden de las cosas para no tenerte tan presente. Mientras intentaba recordar cuál podía ser el nuevo lugar de la cinta adhesiva he tomado los fragmentos de las hojas 99 y 100 y he probado a reconstruirlas sin leer, sólo atendiendo a las formas del papel y las viñetas. Lo he conseguido.
Me he hecho con un sobre, ni muy grande ni muy pequeño, uno de esos que se emplean para enviar cartas ni muy extensas ni muy breves, como las que antes mandábamos a la familia por Navidad. Y después he guardado la página dentro del sobre doblándola por sus costuras de plástico adhesivo, con tu mensaje en el pequeño papel adjunto intacto.
Tengo la página 99 ahora en mi bolsillo reconstruida con tiras de celo transparente. La saco y la desdoblo y cuando termino escribo tu dirección en el frontal del sobre con un boli azul perfecto, y observo la boca del buzón de correos con óxido en los costados. Introduzco el post it amarillo chillón en el sobre, compruebo dos veces que está dentro y lo envío.
Camino de vuelta y  mis pies parece que se quieran pegar al suelo. En casa coloco la página 99 remendada dentro del Trauma Accidental de John Adams. No me importa lo que diga, no me importan sus frases tan sintácticamente perfectas como desalmadas, no me importa su trazo de dibujo deslavazado, no me importa. Me descalzo. Hay un chicle en mi zapato derecho. Pisoteada y amarrada a la goma masticada una nota azul en amarillo que chilla aún seca, juro que estaba dentro del sobre, “No leas la página 99”.